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El relato de la obra de David Reed | Capa 3: David Reed y el cine

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Capa 3: David Reed y el cine

 

Una imagen tras otra, y otra, y otra. Se suceden persiguiéndose, sin alcanzarse pero hilándose constantemente, ya sea por el rácord de imagen, de sonido, mediante el efecto kuleshov o el cine puño. No pueden dejar de vincularse, de un modo u otro, mientras continúan su persecución.

Una imagen tras otra, y otra, y otra. Generándose capas, superponiéndose pinceladas, trazos, manchas, emergiendo nuevas imágenes por adición, en las superficies, en los huecos que dejaron de serlo, en los centros y en los bordes sugiriendo prolongaciones fuera del campo pictórico.

La pintura, en su expansión, inunda el espacio generando relaciones constantes. Pintura-película-instalación: cada vez que se mira a una de estas tres, se es desplazado al interior de otra de ellas en un ejercicio de referencias sin fin. Un elemento remite a otro, y a otro, y a otro en una espiral que gira, donde todo permanece conectado y de la que uno no puede caer, pues siempre hay un punto de agarre, un elemento referenciado al que cogerse, en una suerte de puesta en abismo.

El espectador, sumergido dentro de la propia película, habita —quizás protagoniza— la escena en la que se encuentra al tiempo que la contempla frente a sí. La mira y se ve a sí mismo reflejado en ella. Mientras, un fragmento de película, reducido a la abstracción, se expone dentro de sí misma.

La imagen fílmica se ha descompuesto hasta hacerla desaparecer, ha sido reducida a color y a luz. Sin embargo, la película sigue estando en ella, en la pintura: la pintura es la película, un fotograma detenido, abstraído, a la vez que se encuentra decorando la escena representada, una escena a la que pertenece, y que continúa dibujando en su expansión fuera de campo, prolongando el movimiento fílmico horizontal con sus brochazos hacia un afuera que no es sino el de la escena que la propia imagen concentra en sí misma, reducida sobre el lino a luz y a color.

 

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