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Diálogo imprevisto con Cayetano Borso di Carminati

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Con este texto entablamos una conversación con el arquitecto responsable del diseño de la fábrica de Bombas Gens. Cayetano Borso di Carminati nos habla a través de algunas de sus obras de las tendencias más presentes de la arquitectura valenciana de los años 30, en una entrevista imaginada por Cristina Montiano, mediadora de patrimonio.

 

Abriendo la gran puerta de madera, se llega a un zaguán. Dejo atrás las fuentes de hierro y dudo un momento hacia qué lado ir. El suelo se balancea, pero lo ignoro y abro otra puerta, casi disimulada en la decoración, a mano izquierda. La luz se reduce y me encuentro en una habitación mucho más pequeña de lo que esperaba. Veo a un hombre sentado junto a uno de los ventanales rectangulares que dan a la fachada. Me lo imagino de traje y con bigote, un maletín de los que llevan portfolios apoyado junto al sillón. Me acerco:

 

Cristina Montiano: ¿Señor Borso di Carminati? 
Cayetano Borso di Carminati: Cayetano Borso es suficiente. No suelo usar esa segunda parte.

 

Siempre me ha parecido un apellido curioso, muy musical. Me es imposible decirlo de carrerilla, pero usted no lo dice por completo. ¿A qué se debe?

Bueno, supongo que porque suena algo largo. O porque puede sonar a más de un apellido. Pero piense una cosa, ¡tengo otro más! Sí, González. Uno de aquí, uno de allá.

 

¿Nació usted en Valencia, señor Borso? ¿Cómo la recuerda?

Sí, en el seno de una familia acomodada, como se solía decir, allá por el 1900. Pero algunos de mis antepasados vinieron de algo más lejos. Emigraron de Génova a Málaga. No sé exactamente en qué punto mi abuelo, que era militar, acabó en Valencia. A mí es una ciudad que me atrajo desde el principio: en plena expansión, vibrante y llena de gentes muy diferentes. Cada uno necesitaba un lugar, un negocio o un sitio para entretenerse, así que para un arquitecto había muchas posibilidades.

 

Edificio de la Unión y el Fénix Español (E. Bona, 1927-1931)

 

Pero estudió en Barcelona, en la Escuela de Arquitectura.
Hasta 1925 que me gradué. Allí conocí a Eusebi Bona, me formé con él, su estilo era muy clásico. Cada vez que paso por delante del edificio de la Unión y el Fénix, frente a la estación, me acuerdo del suyo.

 

¡Es verdad! Hay otro de la misma empresa en Barcelona y son muy parecidos entre sí. Y clásicos son un rato, llenos de molduras complicadas y columnas gigantes. Impresionan.

¡Claro, para eso los diseñaron así! Con una empresa tan importante detrás, su sede no podía ser menos. Si no, que se lo digan a Goerlich… Proyectó un rascacielos moderno para el Banco de Valencia, pero hay que fijarse en lo que busca un cliente. En aquella época era vital adaptarse. Los diseños no solo tenían que ser funcionales, tenían que transmitir los valores y posición social del cliente así que se escogía de entre todo el catálogo de formas y maneras de concebir un edificio. Y había de todo, ¡en una misma ciudad!

 

Anteproyecto no realizado para el Banco de Valencia (F. J. Goerlich, 1929)

 

O en la trayectoria de un arquitecto.

Cuando entraba una nueva tendencia, no abandonábamos las demás de golpe. No se pasaban de moda, sino que cada una funcionaba para un propósito distinto. Así es como intenté ver la arquitectura en ese momento. Como un manual inmenso, formas diversas, que revisaba para escoger la que más me convenía. Para encargos de la clase alta, gustaban los materiales nobles y el lujo. Para viviendas más humildes como las de La Previsora, que se encargaron en Patraix, algo más sencillo, no exento de decoración, pero con un enfoque más práctico y racional.

 

Grupo residencial La Previsora (C. Borso di Carminati, 1927-1940)

 

Las diferentes tendencias no estaban enfrentadas, como señalaba antes. ¿Las combinó en alguna obra?

Hubo encargos complejos, como el caso de la fábrica de mi buen amigo Carlos Gens. Se trataba de un espacio industrial, claro, pero también de un negocio al que podían dirigirse los clientes. Contábamos con usos muy diferentes de cada uno de los espacios y fue muy útil aprovechar lo que cada estilo ofrecía. Don Carlos, que siempre tenía muy claro lo que quería, buscaba una imagen moderna y diferenciada para su negocio. Podíamos atraer miradas en la fachada y potenciar la novedad de la empresa a la vez. Geometría, líneas rectas, contraste del ladrillo a la vista con la pared lisa…todo esto se correspondía con la moda del momento, el art déco. El interior era muy diferente, utilitario y sobrio, pues se buscaba que no diera problemas a la hora de fundir y producir. Conseguimos resolver esa combinación de estilos, con una obra muy bonita al parecer de la familia propietaria.

 

Entonces, ¿el criterio se basaba en el cliente?

Suelen tener la última palabra. Pero hay que tener otra cosa en cuenta: el qué dirán. Yo me preguntaba, ¿qué va a percibir la gente cuando vea este edificio? ¿Qué valores vamos a publicitar? Por ejemplo, recibí un encargo para un cine en los años 30 y, por aquel entonces, ir al cine era una de las actividades de recreo más modernas. Me pareció que lo más indicado, para el Rialto, era utilizar también esa tendencia innovadora que nos llegaba de otros países, justo como el cinematógrafo. Aunque no lo llamábamos déco, claro; se conocía como estilo 1925.

 

Cines Metropol (F. J. Goerlich, 1934)

 

No fue el único cine en esa línea: el Metropol, el Capitol… Un cine, viviendas, un club social…igual esos son sus encargos más famosos, pero en su trayectoria se aprecia que tocó de todo. ¿Qué tipología disfrutó más?

Los bloques de viviendas eran acierto seguro, claro. Pero disfruté mucho dos ejemplos algo aislados de mi carrera, por la novedad que me supuso el trabajo supongo. Uno sería, sin duda, el Mercado de la Virgen de la Valvanera, con Rafa Contel. En un mercado no hay vuelta de hoja, la movilidad es clave. Así, nos centramos en estructurarlo a base de naves, longitudinales y, ahí, ir distribuyendo los distintos puestos. Lo particular de este encargo es que era complementario a un complejo de viviendas, también sencillas, en las que parecía enclavarse.

 

Mercado de la Virgen de la Valvanera (C. Borso di Carminati y R. Contel, 1961)

 

Se parece al diseño de la fábrica, lo utilitario, lo práctico… pero tendré que visitarlo, porque en mi imaginación lo retrato un poco laberíntico. ¿Cuál sería el otro encargo con el que se quedaría?

El otro sería las Arenas. Valencia contaba por entonces con muy pocas piscinas y realmente me interesó colaborar en ese proyecto. El edificio para la piscina y los vestuarios eran de Luis Gutiérrez Soto y yo me encargué de la dirección de las obras. Se le dio un aspecto racionalista, totalmente funcional. Suponía simplificar al máximo, pero la austeridad transmite tanto como la profusión de decoración.

 

Modernidad, tecnología, avances…la forma de barco que tiene el edificio lleva a pensar en todo eso.

Es similar a lo que se pretendía con los remates escalonados o en forma de torre. Buscábamos el faro, una confianza en el futuro que nos prometía no chocarnos con ningún acantilado. En aquellos tiempos, eso era lo que simbolizaba el rascacielos. Y en aquellos tiempos, bueno, todos intentábamos ser… o, transmitir, modernidad.

 

 

 

Cayetano Borso di Carminati González (Valencia 1900-1972) estudió arquitectura en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, graduándose en 1925. Recibe sus primeros encargos en Valencia a partir de 1928, combinando estilos regionalistas con líneas geométricas y marcadas, características que pueden verse en proyectos como el de la Casa Navarro (1928) y el Edificio Barrachina (1929). Avanzados los años 30, tiende a una decoración y formas basadas en el art déco, aportando un aspecto sencillo y moderno a inmuebles como la fábrica de Bombas Gens (1930), el cine Rialto (1935) o el Edificio Vizcaíno. A lo largo de su trayectoria como arquitecto, además, trabajará con una variedad de tipologías desde viviendas y mercados a espacios industriales y de ocio, escogiendo para cada una de ellas entre diferentes estilos y decoración, llegando a combinarlos en ocasiones.

 

 

Imagen de portada: Frank Gómez ©
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