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Píldora de patrimonio. El refugio de Bombas Gens

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Es una palabra curiosa, ¿qué es para ti un refugio? Para mí, refugio es el lugar donde te sientes seguro, un lugar donde estás protegido, donde estás sano y salvo. Un lugar cómodo, caliente, agradable, deseado… Quizás los brazos de tu madre. Un plato de arroz caldoso en casa de la abuela cuando el invierno se acerca.

Durante la guerra civil, refugio fue una palabra temida, pero también deseada. No todas las personas corrían la misma suerte de tener uno a su alcance, pero sí todas necesitaban uno. ¿Cómo debía ser eso de necesitar un refugio? Pero no un refugio anímico, que también lo fue, sino un refugio que te salvara la vida. ¿Cómo debe de ser eso de que tu vida se encuentre en peligro de muerte?

Imagináis un día cualquiera mientras trabajáis, u os laváis los dientes, o mientras coméis, o incluso en medio de la oscuridad de la noche. De repente, unas luces de alerta y una sirena estridente os desplaza de vuestros pensamientos, de los sueños, y se transforma en una rutina más. ¿Lo podéis oír? ¿Cómo suena?

 

 

¿Paso siguiente? Correr. A toda velocidad, empieza una vorágine, no te importa la ropa tendida, los platos por fregar en la pila o si la luz se ha quedado encendida. Correr. No hay tiempo de pensar si has cogido lo que necesitas, o mejor, lo que creías necesitar. Correr. Buscas el refugio, si es que tienes la suerte de tener uno a tu alcance. Tú y sesenta personas más. Miedo. Empujas, tiemblas, respiras rápidamente. Ya estás dentro. Respiras. Allí solo puedes pensar en respirar pausadamente para tranquilizarte. Buscas entre los rostros de miradas perdidas si es que reconoces a alguien. Respiras. Sesenta personas juntas atemorizadas. Respiras. De repente un estruendo, las paredes tiemblan y tú, sordo. Las manos te van de manera inconsciente (inconscientemente) a las orejas. Oyes un ruido agudo molesto que no te deja recuperar los sonidos por completo. Abres los ojos. Gente que llora. Gente agachada que se intenta proteger. Ruidos ensordecedores no paran de sucederse; tu imaginación quizás no es tu mejor aliada ahora. Mirar. Intentas centrar tu atención en cosas concretas. Mirar. Un niño coge fuerte el delantal de su madre. Mirar. Es la primera vez que te encuentras en el refugio. Es la primera vez que sientes las bombas tan cerca. Bombas. Parece mentira. Parece una película de Hollywood en la que los actores en las trincheras recrean la guerra. Bombas. Lo son de verdad. Y no descansan. Se suceden sin cesar. Como unos fuegos artificiales. Bombas y fuegos artificiales, ruidos similares, significados opuestos.

Ansiedad. Te das cuenta de que no conoces a nadie. Ansiedad. ¿Y tus padres, tus hermanos, deben estar bien? Ansiedad. Ya no sabes si iban a trabajar, si deben estar en la escuela o deben haberse quedado en casa. Empiezas a recopilar en la mente todos los posibles lugares donde pueden estar. ¿Corren tu misma suerte? ¿Deben haber encontrado un refugio? Favores. Entonces emprendes un proceso del que nunca pensabas que participarías. Favores. Ese momento justo de desesperación, donde nada de lo que pides está en tus manos. Favores. Ese instante donde te planteas que si de verdad hay algo más en el universo, alguna fuerza que te pueda ayudar. Hazme el favor de protegerlos. Cuando te encomiendas a un «Dios» que no sabes si es real. Cuando la desesperación se convierte en esto, en el «Dios», esperanza. Como si alguna fuerza sobrenatural fuera capaz de resolverlo todo. Quitarte la culpa, la culpa de tener la suerte de poder contarlo.

Parece que la luz se apaga. Hay personas que se sientan en el suelo. Otros se abrazan. Otras, impasibles. Esto se ha convertido en una rutina para muchos. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo hemos llegado a convertirlo en una cosa cotidiana, que forma parte de nuestro día a día? Sentir. La angustia de pensar que te encuentras bajo tierra, pero sano. Sentir. La bilis no te para de subir y bajar por el esófago. Sentir. La acritud de las malas palabras, de no haber sido dulce siempre. Sentir. Tu corazón desbocado que te golpea fuerte sin cesar. Sentir. La debilidad en las piernas que te produce el miedo. El techo suelta polvo, ¿no caerá, verdad? Te pasan por la mente todas las posibles maneras en las que podrías morir ahí abajo. Recuerda. Es seguro. Recuerda. Está construido para que soporte los golpes.

Ya está. Parece que es la hora del recreo de los bombarderos. Pero no salimos. Ya está. ¿Y si nos esperan fuera? Ya está. Ruidos sordos parece que se agrupan. Alguien pide salir a ver qué pasa. Ya está. A mí, en cambio, me inunda la mente la idea de quedarme aquí para siempre. Aquí estoy segura. Aquella idea de salvarme a mí, ser egoísta y poner mi vida por delante. Guardadme un lugar y salvadme siempre.

Suerte. No paramos de repetir la palabra. El azar se encarga de dejarnos en un momento y un lugar. Y a mí me ha dejado cerca de aquí. Suerte. No todos la han tenido hoy. No todos lo contarán al acabar el día. No todos llegarán a casa para sentarse en la mesa. Suerte. Una manera de positivar el recuerdo, una manera de sentirnos menos culpables de que el resto no pueda disfrutar del resguardo de estas paredes gordas, que no repelen los ruidos, pero sí las heridas.

Oscuridad. En la cabeza. Te vienen todas las cosas que has hecho en la vida. Pero no pensabas nunca que las que más se repetirían serían las que no llegaste a hacer. Y sí… Te replanteas tantas cosas. Encuentras tantos errores en tu historia. Tantas veces aquello de: yo no soy capaz de decir que te quiero. Y de repente ahora todas las personas a las que se lo repetirías. Sin vergüenza, sin miedo. En la oscuridad o a la luz del día. Gritando fuerte o al oído donde el aliento se encarga de adentrarlo.

Créetelo, la vida es esto. Son los quiero dichos. Las risas que resuenan. Las sonrisas que no se esconden. Los ojos que brillan e iluminan las oscuridades más negras.

¿Silencio? Te das cuenta de que un bebé no para de llorar mientras su madre lo intenta tranquilizar cantándole al oído. «Nono», le canta su madre, «nono, fillet del meu cor, tanca els ullets, vida meua, tanca els ullets i dorm». Silencio.

 

 

Clàudia Bixquert Ricart, actual Historiadora del arte, durante sus prácticas en Bombas Gens en 2019

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